viernes, 4 de agosto de 2017

Pseudónimos

Despertar siempre sería la parte más difícil del día, a parte, claro, de ir a dormir. Porque en la mañana soñaba y en la noche pensaba, simplemente me era imposible concentrarme en una sola cosa. El trabajo en la librería absorbía mi alma cada mañana y por las tardes el sueño engullía mis pensamientos hasta bien entrada la noche, momento en el cual conciliar el sueño era algo inadmisible. Suponía que Morfeo y yo estábamos en una disputa sin fin por algún desagravio que yo le hubiera hecho, pero eso, como muchas otras cosas, no me interesaba.
El café de la mañana siempre era amargo y el de la noche dulce, lo hacía así como una práctica que me dejó mi abuelo para dormir o despertar, pero no funcionaba para ninguna de las dos cosas. Permanecía en un estado de sonambulismo del que nadie era capaz de sacarme desde hace mucho tiempo.
Todas las novelas que había escrito permanecían apiladas en mi mesa, cada una en una carpeta distinta, con el título y la fecha en que había sido terminada; en notas adhesivas estaban plasmadas las veces que cada una había sido rechazada por distintas empresas. Después de la vigésima primera vez dejé de enviar mis obras a editoriales y quedaron plantadas en el escritorio. Había perdido la esperanza en la publicación de alguna de ellas, estaban muertas en ese espacio esperando a que alguien las reviviera; y ese alguien siempre era yo al releerlas; a nadie más le interesaban.
Mis noches eran eternas y cada día pasaba demasiado rápido. Un cuento nuevo, a mano, con cada luna, iba llenando en el escritorio hasta que ya no hubo espacio encima y empecé a llenar las gavetas, el closet e incluso a pegar en las paredes de mi habitación cuento tras cuento, hasta que ya no se veía la pintura, y mi papel tapiz fueron mis historias. Mujeres y hombres cobraban vida en cada página, doctores, asesinos, enfermeras, magos, monstruos… y todos ellos morían al salir el sol. Ninguno lo suficientemente bueno para ser publicado, ninguno lo suficientemente bueno para sacarme del anonimato.
Es bueno mencionar que las noches donde nada cobraba vida en el papel, lo hacía en mi cuerpo. Mujer tras mujer pasaba por mi cama, mi sala, mi cocina, gozando el placer sexual que se podía tener con alguien que no dormía, y que nunca estaba cansado en la noche. Sus nombres no me interesaban, su aspecto tampoco, eran cosas de un momento, hasta que una noche hubo una mujer que me robó todo lo que tenía dentro de mí. El sueño, el cansancio, la vida, mi alma, todo. Se llamaba Afrodita, y le hacía honor al nombre que llevaba. Ondas de cabello dorado le caían hasta la parte baja de la espalda, ojos color turquesa que podían ver a través de tu alma, pechos y nalgas perfectamente levantados, y una energía que me hizo llegar al clímax del goce muchas veces en una sola noche. Al día siguiente cuando desperté ella no estaba conmigo, se había ido, dejando su perfume en mis sabanas, en mi piel, en mi casa... pasé todo el día tumbado, desnudo, pensando en que aquella mujer con cuerpo y nombre de diosa que había visitado mi hogar. Me levanté al final de la tarde a preparar café y allí, en el sofá, estaba una nota adhesiva con una letra muy elegante que rezaba: ''Podemos vernos otra vez…'' seguido de un número de teléfono, firmado por Afrodita. Llevé la nota hasta la cocina y la pegué en la nevera para asegurarme de verla cada día.
Pasaron los días y nadie más visito mi habitación. Extensas poesías tomaron forma gracias a los pensamientos que Afrodita había depositado en mí ser. Mujeres y hombres volvieron a tomar vida y un nuevo destello de esperanza me hizo tomar una de mis novelas y enviarla por vigésima segunda vez a una pequeña editorial ubicada en una ciudad contigua a la mía, mientras que al mismo tiempo le enviaba un mensaje de texto a la diosa de cabellos dorados. Resultaba ser que ella vivía en la ciudad a la cual acababa de enviar mi obra más preciada y decidí aventurarme e ir a visitarla, ella con gusto me recibiría en su casa. El viaje no duró más de veinte minutos, pero para mí parecieron horas interminables. No estaba enamorado, estaba extasiado con la existencia de un ser tan perfecto como ella. Al verla nada había cambiado a parte de su ropa. Sus ojos, su cabello y su cuerpo seguían siendo los mismos que me cautivaron hace unas noches. Almorzamos, salimos, cenamos y luego su habitación se llenó de los gemidos que nuestras bocas producían por el placer que nos dábamos el uno al otro. Esta mujer era perfecta y estaba delirando de poder hacerla mía, hasta que en un momento susurró mi nombre, o mejor dicho, mi seudónimo, nadie, nadie sabía que yo era el firmante de mis novelas y cuentos, ese nombre era mi yo literario, no existía, nadie le conocía. Cuando dijo mi alias me excite más por la sorpresa, trabajando más rápido y llegando al clímax antes de lo esperado. Al salir de nuestro éxtasis no pude evitar preguntarle como sabía que ese era mi seudónimo y ella respondió que lo había visto en los cuentos pegados en la pared de mi habitación noches atrás. La sorpresa fue sustituida por admiración. Ella se había tomado el momento para leer las historias que se amontonaban en la pared de mi habitación mientras yo dormía. “Fueron tus historias las que me hicieron dejarte mi número”, dijo algo sonrojada, mientras la luz de la luna se filtraba por la ventana haciéndola parecer más perfecta. “Mis historias son mis demonios, y mi seudónimo es mi exorcista, Afrodita”, le dije. “Eso es poético”, respondió. “Si, cosas que aparecen de la nada y llegan a tu mente”, dije divagando, “nunca te dije mi nombre, Afrodita”, continué. “No lo necesito, pues sé quién eres por tus historias”. Dijo mirándome a los ojos. “No, no lo sabes. Conoces al hombre que escribe, pero no al hombre que vive, mi hermosa”. Le dije. Subió sobre mi pecho plantándome un beso en los labios y susurrando mi seudónimo una y otra vez hasta que ya no parecía un apodo, hasta que se tornó real, hasta que pasó a ser mi nombre de verdad.
El día tomó el lugar de la noche, llenando de luz la habitación, despertándome abrazado a la mujer que conocía parte de mis secretos. Los murmullos de mi inconsciente me decían que debía irme mientras ella durmiera, pero no quería apartarme, no quería, Era sábado, era temprano y nada más me importaba que estar tendido al lado del ser humano más perfecto que había conocido. “Buenos días, Ares”. Dijo ella soñolienta. “Buenos días, Afrodita”. Le dije. Era irónico que mi seudónimo fuera el nombre del dios griego con el cual Afrodita engañó a su esposo Hefesto, pero las ironías son como el agua, están por todas partes. Me besó, se levantó y fue a la cocina.
Me vestí y fui detrás de ella. “Etham, ese es mi nombre. Dejemos a Ares para los libros”. Le dije posando mis labios en su oreja. Ella se rió y me dijo: “Dejemos a Afrodita para la mitología, Soy Marie”. “¿Qué?” Le pregunté mirándola a los ojos. Ella sabía mi seudónimo antes de dejar esa nota en el sofá, lo hizo adrede, tomó el nombre de una diosa sabiendo que yo no podría evitar la tentación de escribirle otra vez. Cada vez me parecía más hermosa, más inalcanzable. Cuando me dispuse a hablarle otra vez mi teléfono sonó cortando mis palabras. El número no estaba registrado. “Buenos días”, contesté reprimiendo un bostezo que apareció de la nada. Lo siguiente no lo recuerdo bien, solo sé que asentí un par de veces, dije unas veces más, di las gracias y colgué. La abracé, la levanté del suelo y la besé innumerables veces mientras le decía que mi novela había sido aceptada en la editorial de la ciudad y que dentro de una semana seria publicada en la gran convención del libro del país. Mi felicidad irradiaba por cada fibra de mí ser y la sorpresa tomó lugar en el rostro de Afrodita, digo, Marie. Todo era perfecto, los dos iríamos, mis pensamientos bailaron una y otra vez y le pregunte si quería ir conmigo ese día “Me encantaría pero tengo planes para la fecha, Etham”, respondió. La decepción se posó sobre mí, pero aun había tiempo con ella, la invité a salir en otro momento y me dijo que estaba bien. Seguimos nuestro día yendo y viniendo en nuestros cuerpos, una unión tan perfecta que parecía que nada la destrozaría. Por vez primera parecía estar imaginándome al lado de alguien toda mi vida.
Esa fue la semana más larga que pude tener en mi vida, pero al fin la rutina se había quebrado hasta quedar hecha añicos. Tomaba café dulce en la mañana y en la noche, dormía lo necesario, las tardes eran un mar de pensamientos que quedaban plasmados en mis cuentos y poemas.... no solo mi habitación se llenó de ellos, sino que todo el apartamento fue inundado por mis historias, una decoración poco usual, pero que se adaptaba a mí manera de ser, algún día los quitaría, pero hasta que ese día llegara todo iba muy bien. El trabajo en la librería se me hizo más fácil, rápido, llevadero... Hasta que llegó el día de la publicación.

Me dirigí a donde se efectuaría el evento del libro y allí lo vi, en un estante, con alrededor de doscientas copias a su lado, mi libro. La publicación traía consigo una entrevista con el editor y su equipo, y una firma de libros. Era una editorial pequeña, pero famosa en la ciudad. Cuando el momento de la entrevista llegó, la impresión cayó sobre mí como si Zeus hubiera estado preparando un rayo que llevara mi nombre y fuera ineludible. Al lado del editor estaba ella, tomando su mano, mi diosa, mi Afrodita. Sonriendo a los invitados, sonriéndole a él. Se acercaron a donde yo estaba, y hasta ese momento ella no se había fijado en mí. “Hola, Soy Héctor Andrews, dueño y jefe de la editorial, y estoy orgulloso y emocionado por la publicación de tu libro…” Sus palabras se perdieron en mi mente mientras me estrechaba la mano y me presentaba a su esposa, Marie. Su esposa. Le sonreí, mientras sentía como se deslizaban cristales rotos dentro de mí. Su esposa. Ese día yo no era Etham Nicols, ese día yo era Ares Thomas, un escritor, y ella era Marie Andrews, la esposa de mi jefe, y no Afrodita, la mujer con la que quería pasar el resto de mis días. Respondí rápidamente a las preguntas que me hizo, saludé a Marie como si nunca la hubiera conocido, sin dirigir mis ojos a los suyos, mientras luchaba con no dejar salir las lágrimas que se aglomeraban en mis ojos. Me dieron cinco ejemplares de mi obra y miré a Héctor y Afrodita, digo, Marie. Era hora de irse a almorzar con el equipo de edición, almuerzo al que yo estaba invitado pero que decliné ir con alguna excusa que no logro recordar. Mientras se iban, me quedé viendo a Marie, a Afrodita, irse con su esposo. Ella volteó un momento y nuestros ojos se encontraron por primera vez en todo el día. Su mirada penetro en mí ser como lo había hecho la primera vez, di un paso hacia ella, pero sus ojos se perdieron de los míos cuando su esposo la tomó para darle un beso y salir del lugar. Quedé plantado allí unos minutos con uno de mis libros en la mano, y mis ojos fijos en la mujer que se alejaba de mí para no regresar.

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