martes, 25 de julio de 2017

Flash back

- ¿Lo recuerdas? - Preguntó Simón.
- Si - respondió José - así fue:
En el tiempo de antaño estaban los mozos en una esquina de la Plaza Bolívar, cerca de la Catedral de Caracas, esperando a que los oficios religiosos terminaran para poder salir a coquetear y acortejar a las dulces chicas que iban con sus madres a por un helado, o por un café, después de la misa de las cuatro de la tarde. Ya con el repique de campanas, de la iglesia salían hombres y mujeres por igual y los muchachos, discretamente, limpiaban sus chalecos y alisaban sus pantalones, lanzaban miradas a las chicas que iban de aquí para allá con sus vestidos y guantes largos, les invitaban un té o un trago y tenían el deseo de que Caracas y la plaza se congelaran por una noche para hacer infinito el momento cuando el amor se encuentra con el amor... Aunque, hubo dos mozos que no se acercaron a ninguna chica, a ninguna moza, solo se miraban a los ojos, entre ellos dos, sin que nada más existiese, uno se levantó, aliso un poco su chaleco, miró el reloj de bolsillo y le hizo una seña al otro para que lo siguiera. Nadie se percató de la ausencia de los dos chicos, estaban solos, acompañándose mutuamente.
Se conocían desde hace tanto tiempo que ninguno de ellos sabía con certeza desde cuando, en la niñez estaban juntos, jugaban a ser héroes por los barrios de Caracas, salvaban doncellas y mataban dragones en las largas escaleras de los barrios de Catia, escuchaban la radio juntos hasta quedarse dormidos, comían galletas con permiso y a escondidas de sus padres, dormían juntos cuando sus hermanos les contaban historias de terror... Y cuando llegó el momento de elegir una esposa, ninguno se decidió. Se bastaban el uno al otro con su compañía. 
Juntos, aquella tarde de la que te hablo, se fueron a un pequeño parque cerca de la plaza, se sentaron sobre el pasto, se miraron mutuamente y se perdieron en los brazos del otro, sus labios ya no fueron suyos, sus manos ya no se pertenecía, los chalecos ya no estaban sobre las camisas y de aquello solo eran testigos la luna y las estrellas... la ciudad protegía a aquellas almas que se amaban mientras entraba la noche. Piel morena y piel trigueña se tocaban y se conocían, hasta que uno de ellos tomó el reloj y se percató de que era tiempo de volver a casa; seguros de que nadie los veía se tomaron de la mano y caminaron hasta su hogar. Los pantalones estaban un poco sucios y los chalecos no volvieron a su lugar esa noche, pero esas manos nunca se separaron.
Años más tarde un flash de una cámara en el mismo parque, una sonrisa, un beso... y días luego una foto en la sala de una casa, de dos hombres que por los hombros se abrazaban. Nuestra casa.
-Sí, lo recuerdas -Dijo Simón con una sonrisa.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Deja de llorar - Parte 2

Encuentra la primera parte de esta historia en: Deja de llorar - Parte 1 * * * ¡Salud! Por esos momentos en los que nadie no...